Tarímbaro, Michoacán/Fotos y vídeo: Félix Madrigal/ACG.

Al caer la noche, Tarímbaro se transformó. Es Martes de Carnaval. El bullicio del día cede su lugar al estruendo de los cuetones y al resplandor intermitente de la pólvora. Es entonces cuando aparecen los toritos clásicos de fuegos artificiales, encendidos y vibrantes, listos para recorrer las calles entre música, risas y adrenalina.

Acompañados por el ritmo de la banda, los toritos irrumpen entre la multitud. La escena es una mezcla de tradición y espectáculo: la gente corre, esquiva y “torea” al toro pirotécnico, mientras una lluvia de chispas ilumina los rostros y el humo dibuja siluetas en el aire.

No hay barreras ni distancias; el torito baila alrededor de los asistentes, girando, persiguiendo, desatando gritos y carcajadas.

El ritual se repite con cada estructura que cobra vida. La pólvora marca el compás de la celebración, convirtiendo la noche en un escenario efímero donde el fuego es protagonista.

Familias enteras, jóvenes y visitantes se congregan para presenciar y participar en una de las expresiones más arraigadas de la identidad festiva de la región.

Una noche donde el miedo y la emoción conviven, y donde el torito, envuelto en fuego, continúa danzando entre la multitud.