El pragmatismo político de Morena tiene hoy a la presidenta pagando los platos rotos

Emiliano Medina

No existe un precedente del momento político actual. El gobierno de la presidenta Sheinbaum se encuentra bajo el asedio estadounidense con la acusación en contra del gobernador Rocha Moya por presuntos nexos con el Cártel de Sinaloa. La parte visible del plan de Morena ha sido reafirmar su discurso: "Esta dirigencia no tolerará la corrupción", mencionó la nueva presidenta del partido, Ariadna Montiel. Más que retórica, esta consigna parece una orden: ya no hay margen de error. Independientemente de si esta reafirmación proviene de la presión extranjera o de una convicción partidista, la incógnita me parece clara: ¿Es demasiado tarde para limpiar el partido?

El pragmatismo político de Morena tiene hoy a la presidenta pagando los platos rotos. En el afán de ganar "a como diera lugar" llegaron a las principales posiciones del poder figuras que hoy son incómodas para el partido. Lo vaticinó en su momento Carlos Alberto Manzo: "En el pecado llevarán la penitencia".

No obstante, la llegada de Citlali Hernández y de Ariadna Montiel parece un viraje en la ruta correcta. De entrada, un criterio más estricto respecto a los cargos que se disputarán en 2027. En entrevista con Denise Maerker, Citlali dejó entrever una decisión importante: "En las encuestas se medirá tanto la popularidad como los positivos de los candidatos". No me parece un detalle menor. Se sabe quiénes serían los candidatos si únicamente se midiera la popularidad. Sin embargo, este nuevo atributo será utilizado para "filtrar" a los prospectos que hoy encabezan las preferencias, pero cuya potencial llegada sería un nuevo lastre para el partido.

El segundo viraje ha comenzado precisamente con la llegada de Hernández y Montiel: una purga interna en posiciones que no reflejaban la postura de Morena. Luisa María Alcalde fue una dirigente muy eficaz; rompió el récord de afiliados y comités seccionales. Será importante en el llamado “recambio generacional”; sin embargo, además de los fracasos de la reforma electoral y la dificultad para gestionar alianzas con el Partido Verde y el Partido del Trabajo, la autocrítica no caracterizó su gestión.

El tema de la autocrítica va más allá del discurso: es imposible cambiar lo que no se ve. En la entrevista con Denise Maerker, en Citlali se observa una autocrítica que no se había visto en los dirigentes del movimiento. "Debimos ser más estrictos", dijo sobre Adán Augusto. "A muchos se les olvidó que también se buscaba transformar a la clase política", dijo sobre sus compañeros de partido.

Si la misión continúa siendo transformar la política desde dentro, hoy se va a contratiempo. No dudo que existan cuadros que mantienen esa convicción; sin embargo, en la narrativa hoy son minoría. A esta encomienda se le une seguir dominando en la vía electoral desestabilizando lo menos posible la vida interna de Morena. La pregunta es clara: ¿aún es posible demostrar que Morena no es Rocha Moya? ¿Llegan demasiado tarde?

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