Asaid Castro/ACG – Morelia, Michoacán
Descalza sobre un pedazo de cartón en el atrio de San Francisco, con la espalda firme Ana Luz pasa la madera entre las franjas de hilo verde, blanco y rojo.
A sus 56 años abrazando este oficio, a esta artesana de Turícuaro, municipio de Nahuatzen, le basta el suelo y su propia cintura amarrada al primer templo erigido en la antigua Valladolid, para darle cuerpo a la patria en pleno septiembre.
Casi es mediodía, mientras el Centro Histórico de Morelia camina aprisa, frente a la Casa de las Artesanías Ana Luz trabaja a otro ritmo. Sus zapatos negros descansan a un lado, vacíos. A falta de una silla, se acomoda directo en el suelo de cantera y aprovecha la base de una de las gruesas columnas para atar un extremo de la urdimbre y tensar el telar con su propio cuerpo.
La franja tricolor ya muestra sus tres tonos bien definidos, pero la tela sigue abierta, necesitada de miles de pasadas más para tupirse. Con una pieza de madera en mano, va apretando hebra por hebra para rellenar los espacios vacíos con la técnica exacta que le heredó su abuela.
“Hay que sostenerlo con todo el cuerpo”, dice en purépecha, mientras su compañera Isabel traduce la escena ante los curiosos que se detienen a mirar.
Un rebozo, aunque no sea tricolor, no sale en un día: exige dos o tres semanas de trabajo, divididas entre el hogar y el tejido. Cuesta mil 200 pesos, un precio que algunos pagan sin regatear y otros cuestionan sin ver la fuerza en la espalda que cuesta tupir cada hilo.
Alrededor, la ciudad cuelga adornos de plástico alusivos a septiembre. Aquí abajo, sobre la piedra, los tres colores patrios ya están puestos, esperando el golpe rítmico de la madera para terminar de tomar forma.