La realidad que funciona (aunque no esté ocurriendo)

Por Miryam E. Camacho Suárez

La inteligencia artificial no solo está cambiando lo que vemos. Está alterando el umbral a partir del cual algo puede operar como real, circular como real y permanecer como real, incluso cuando la persona detrás ya no está, o no está participando.

En marzo de 2026 se difundieron dos noticias vinculadas al uso de inteligencia artificial en la industria del entretenimiento y el deporte, que resultan interesantes y explican esto. Por un lado, se informó que el actor Val Kilmer participará en la película As Deep as the Grave mediante la reconstrucción digital de su imagen y su voz, a partir de material previo y con autorización de su familia, tras su fallecimiento en 2025. Por otro, la jugadora de la WNBA Kelsey Plum presentó un “gemelo digital” capaz de interactuar con seguidores a través de conversaciones personalizadas, entrenado con datos de su voz, su desempeño deportivo y su perfil público. Ambos casos responden a desarrollos distintos, producción audiovisual por un lado, interacción directa por otro, pero comparten una característica concreta: la experiencia se produce sin la presencia de la persona.

La novedad no está únicamente en la tecnología, sino en lo que permite. La interacción puede ocurrir, la imagen puede circular y la experiencia puede sostenerse sin que la persona esté presente. No se trata ya de registrar algo que ocurrió, sino de generar algo que funciona como si estuviera ocurriendo. En ese desplazamiento, la referencia original pierde centralidad. No desaparece, pero deja de ser necesaria en tiempo real.

Este tipo de contenidos no exige comprobación previa para operar. No es necesario detenerse a verificar si quien aparece está presente, o si quien responde es una persona o un sistema entrenado. Basta con que la interacción sea coherente, fluida, reconocible. En la práctica, la secuencia se invierte: primero se consume y después, si acaso, se cuestiona. Y muchas veces, ese segundo paso no ocurre.

Este comportamiento no surgió con la inteligencia artificial. En 2018, los investigadores Soroush Vosoughi, Deb Roy y Sinan Aral, del MIT, publicaron en Science un análisis de aproximadamente 126 mil historias difundidas en Twitter entre 2006 y 2017, a partir de más de 4.5 millones de interacciones. El resultado fue consistente: la información falsa tiene un 70% más probabilidad de ser compartida que la verdadera, se propaga más rápido, alcanza a más personas y genera respuestas emocionales más intensas, especialmente sorpresa. El dato más incómodo no está en la tecnología, sino en el comportamiento: no fueron bots, fueron personas. Lo que el estudio muestra no es solo un problema de veracidad, sino un patrón: lo que circula mejor no es lo más cierto, sino lo que activa más reacción.

Las plataformas digitales operan bajo esa lógica. No están diseñadas para validar contenido en tiempo real, sino para priorizar aquello que capta atención, genera respuesta y mantiene la interacción. Investigaciones sobre dinámicas de contenido en empresas como Meta Platforms han mostrado que los contenidos que provocan reacción inmediata, indignación, sorpresa, urgencia, tienden a amplificarse más. En ese entorno, la diferencia entre una persona presente y una simulación funcional pierde peso frente a otra variable: su capacidad de circular.

Aquí se produce el cambio de fondo. Durante mucho tiempo, la pregunta central fue si algo era verdadero o falso. Hoy, cada vez más, la pregunta operativa es otra: si funciona dentro del sistema en el que circula. Si una interacción se sostiene, resulta coherente y genera respuesta, entonces cumple su función. No es que la verdad desaparezca, sino que deja de ser el único criterio relevante para que algo tenga efecto.

La exposición constante tiene efectos acumulativos. La repetición genera familiaridad y la familiaridad reduce la fricción. Con el tiempo, lo que aparece con más frecuencia se vuelve más reconocible y termina sintiéndose más real, no por verificación, sino por presencia sostenida.

Esto empieza a reflejarse en espacios donde antes el criterio editorial era otro. Hoy no es extraño ver que piezas informativas con procesos de verificación, contraste de fuentes y seguimiento riguroso tengan un alcance limitado, mientras que contenidos diseñados para generar reacción inmediata, bromas, titulares absurdos o piezas virales, concentran audiencias masivas. No es un accidente, es una señal. Indica que el sistema no solo distribuye información, sino que selecciona qué tipo de contenido sobrevive. Y en ese proceso, lo que se impone no es necesariamente lo más preciso, sino lo que mejor se adapta a las condiciones de circulación.

Por eso el problema no es únicamente qué es verdadero. Es que el entorno en el que circula la información ya no exige esa condición para que algo tenga impacto. Y cuando eso ocurre, la construcción de lo público deja de depender exclusivamente de los hechos y empieza a organizarse también en torno a aquello que logra mantenerse como experiencia compartida.

Miryam Elizabeth Camacho Suárez
Comunicadora y abogada con formación en Ciencias Políticas. Combina la precisión del derecho con la sensibilidad narrativa para explorar temas de integridad, transparencia y cultura digital. A lo largo de su trayectoria ha trabajado en el fortalecimiento de la confianza pública y en la reflexión sobre cómo se comunican las instituciones y cómo se preserva la memoria en tiempos de sobreinformación. Actualmente desarrolla proyectos editoriales que entrelazan comunicación, ética y tecnología.