Angangueo, Michoacán/Félix Madrigal

La pirotecnia no es un espectáculo contratado ni ajeno, es una tradición que nace desde las familias y se enciende en comunidad. Sin embargo, en los últimos años, esta herencia ha evolucionado hasta transformarse en un espectáculo piromusical que combina tecnología, música y memoria colectiva.

Durante celebraciones como las del 3 de mayo, cada familia aporta lo que está a su alcance: desde una docena de cohetes hasta montajes más complejos. No existe competencia ni organización central; la fiesta se construye entre todos. “Dependiendo de cada familia”, explican Antonio García Esquivel y Williams Martínez, pirotécnicos dedicados al diseño y ejecución de montajes pirotécnicos y piromusicales, es la cantidad de pirotecnia que se quema, y esa suma de voluntades es la que da forma al ambiente festivo que envuelve al municipio.

Aunque la base sigue siendo comunitaria, algunos grupos han llevado esta práctica a un nivel técnico más avanzado con el espectáculo piromusical. Con apoyo de software especializado, los fuegos artificiales se programan para estallar al ritmo de la música, logrando un efecto similar al de fuentes danzantes, pero en el cielo. “Todo es electrónico, todo es mediante un software”, señalan, “la pirotecnia va al compás de la música”. Para las presentaciones, normalmente el programa contempla una secuencia profundamente ligada a la identidad michoacana: inicia con una pirecua interpretada por Marco Antonio Solís, seguida por Juan Colorado y posteriormente una pieza de corte nostálgico que acompaña el cierre del espectáculo. Cada explosión, cada destello, está diseñado para dialogar con el ritmo de estas melodías.

Detrás de este montaje hay años de experiencia. Los pirotécnicos que participan han trabajado durante aproximadamente 16 años en espectáculos realizados en el volcán Paricutín y en San Juan Nuevo, donde han perfeccionado técnicas que hoy se trasladan a Angangueo. Esa trayectoria ha permitido consolidar un formato más complejo, que incluye un diseño envolvente: el público se coloca al centro mientras la pirotecnia se dispara desde distintos puntos alrededor de la explanada, generando un espectáculo de 360 grados en el que el cielo estalla desde todos los ángulos.

Pese a la incorporación de tecnología, la raíz sigue siendo profundamente artesanal. Habitantes del municipio recuerdan cómo, décadas atrás, los primeros elementos eran faroles de papel hechos a mano. Relatan cómo en sus inicios los elaboraba chuecos, aprendiendo poco a poco la técnica. Esa memoria permanece viva en cada celebración, como una base que sostiene todo lo demás.

Uno de los elementos más significativos de esta festividad es el regreso de los llamados “hijos ausentes”. Personas que viven fuera del municipio regresan en fechas clave como Semana Santa o el 3 de mayo para reencontrarse con su comunidad. La pirotecnia, en ese sentido, se convierte en una ofrenda colectiva. En sitios simbólicos como la mina del Carmen, las familias se reúnen para compartir lo que tienen, manteniendo viva una tradición que no depende de grandes recursos, sino del arraigo.

En Angangueo, la pólvora no sólo ilumina el cielo. También cuenta historias, marca el ritmo de la memoria…, incluso, baila al compás de Michoacán.