Las decisiones vocacionales se construyen con el tiempo, con la experiencia, con el ensayo y el error, y con el autoconocimiento que se va desarrollando poco a poco

Sofía Martínez de Pinillos

Elegir una carrera universitaria suele presentarse como algo “normal”, como un paso más en el camino de crecer. Pero para muchos adolescentes no se siente así. A los 17 o 18 años, cuando todavía estás descubriendo quién eres, qué te gusta y qué se te da bien, se te pide tomar una decisión que suena enorme y definitiva. No es raro que, frente a esto, te sientas pequeño ante una elección que se percibe demasiado grande.

Desde la psicología, este sentimiento tiene todo el sentido. La adolescencia no es una etapa para tener respuestas claras, sino para explorar, probar y equivocarse. Sin embargo, el mensaje que suele escucharse —a veces de forma directa y otras de manera más sutil— es que se tiene que elegir bien y no te puedes equivocar, porque va a definir tu futuro. Cuando una decisión se plantea en estos términos, deja de ser una elección y se convierte en una fuente importante de presión y ansiedad. Y es importante decirlo, esa presión no siempre viene directamente de los padres. 

En muchos casos, incluso cuando mamá y papá intentan apoyar y no imponer expectativas claras, los propios adolescentes se colocan exigencias muy altas. Aparecen las comparaciones con amigos que “ya saben qué quieren”, con compañeros que parecen tener todo resuelto, o con lo que se muestra en redes sociales sobre éxito, dinero y prestigio. Poco a poco, esa presión social se convierte en una voz interna que dice: ya deberías saberlo, no puedes fallar, no te puedes equivocar.

Para los adultos, todo esto puede pasar fácilmente desapercibido. Desde fuera, a veces parece que el adolescente sólo está indeciso, confundido o que “le falta interés”. Pero por dentro, muchas veces hay miedo a decepcionar, a equivocarse, a elegir mal, a perder tiempo o a no ser suficiente. No es falta de ganas ni de compromiso; es el peso de una presión constante que viene tanto del entorno familiar como del social.

Otro punto importante es la creencia de que esta decisión debe tomarse con absoluta certeza. La realidad es que muy pocas personas saben con claridad a qué quieren dedicarse el resto de su vida a los 18 años. Esperar seguridad total en ese momento no solo es poco realista, también es injusto. Las decisiones vocacionales se construyen con el tiempo, con la experiencia, con el ensayo y el error, y con el autoconocimiento que se va desarrollando poco a poco.

Por eso, también es importante abrir la posibilidad de que no todos tienen que entrar inmediatamente a la universidad al terminar la preparatoria. Para algunos jóvenes, darse un tiempo para pensar, trabajar, explorar intereses, tomar cursos, conocer otras opciones o simplemente descansar puede ser una decisión consciente y saludable. Este espacio no significa rendirse ni quedarse atrás, sino permitir que la elección se haga con mayor claridad y menos ansiedad.

Para los adolescentes, saber que está bien tomarse una pausa puede aliviar mucha presión. Para los padres, entender que este tiempo no refleja falta de responsabilidad, sino un proceso de maduración, puede ayudar a acompañar desde un lugar más empático. No todos los caminos son iguales ni todos los ritmos son los mismos, y la sociedad no siempre reconoce eso, aunque lo exija constantemente.

También pesa la idea de que cambiar de carrera equivale a fracasar. Muchos jóvenes eligen desde el miedo y no desde el interés genuino, solo para cumplir con lo que se espera de ellos. Con el tiempo, esta desconexión puede manifestarse en desmotivación, estrés académico o una sensación de vacío. No porque el adolescente sea débil, sino porque la decisión no siempre estuvo alineada con lo que necesitaba o quería en ese momento.

Desde una mirada psicológica, elegir carrera no debería vivirse como definir quién serás para siempre, sino como tomar la mejor decisión posible con la información y los recursos que se tienen hoy. Cambiar de opinión, replantear el camino o ajustar el rumbo también forma parte del crecimiento.