Alfredo Soria/ACG – Morelia, Michoacán
Cada fin de semana, el Andador Juárez cambia de rostro. Entre la Plaza de Armas y la Catedral de Morelia, el tránsito cotidiano se transforma en una galería al aire libre donde los cuadros sustituyen a los escaparates y el arte se abre paso entre turistas y locales. Ahí, desde temprano los sábados y domingos, Roberto Gómez Placencia acomoda sus pinturas y espera a que alguien se detenga, mire y conecte. “Luego algunos compran y a veces no compran nada en todo el día, hasta que ya me voy es cuando se vende alguna que otra”, dice.
Originario de Zihuatanejo, Guerrero, Roberto tiene 47 años y dibuja y pinta desde que tiene memoria. Nunca pasó por una escuela de arte; su formación ha sido completamente autodidacta. “No tuve escuela, aprendí solo, ahí en el internet. Hay buenos maestros”, cuenta. Durante un breve periodo buscó a un maestro presencial, pero fue una experiencia corta que, aun así, marcó su camino. “Estuve como una semana con él y me animó, me regaló unos óleos que le sobraron y de ahí empecé a usar el óleo. Antes era puro lápiz”.
El acceso a los materiales nunca fue sencillo. En su lugar de origen, explica, los óleos son costosos y difíciles de conseguir. “Allá son caros, caros, así que para invertir está difícil”, recuerda. Con esos primeros materiales regalados comenzó a experimentar, equivocándose y aprendiendo sobre la marcha. “Empecé a hacer ensayos, echando a perder, y ya después de un tiempo me fueron quedando. Todavía conservo algunos de esos óleos viejos”.
Hoy pinta principalmente paisajes, fauna y retratos, lo cual menciona es lo que más busca la gente. “Pinto lo que traigo porque a la gente le gusta. Me gusta que les guste, eso es un incentivo”, reconoce. Sin embargo, admite que su obra más personal permanece guardada. “Lo que realmente quiero pintar todavía no lo hago. Eso todavía no lo saco a la luz”, confiesa. Se trata de diseños y bocetos que ha trabajado desde los 16 años y que considera su proyecto más íntimo. “Ya llevan muchos años, ya necesitan salir, pero todavía me falta. Yo creo que en unos dos o tres años ya voy a sacar mi trabajo”.
Desde hace más de tres años vive en Morelia. Su llegada no estuvo motivada por el arte, sino por la necesidad de atender la salud de su madre. “Fue por la atención médica. Veníamos mucho de Zihuatanejo y dijimos: mejor nos quedamos”, explica. Aunque agradece el trato que ha encontrado en la ciudad, reconoce que vender arte aquí es más complicado. “En mi tierra es más redituable. Yo voy de vacaciones, me llevo cuadros y vendo, de seguro”, afirma.
Para Roberto, el espacio donde se exhibe una obra es fundamental. “El lugar donde se expone es como el marco de la pintura, no nada más el marco de madera”, señala. Como ejemplo menciona el Partenón de Zihuatanejo, un inmueble convertido en espacio cultural. “Es un lugar digno, ahí la gente conecta desde que entra. Ves el lugar y ya estás en otra disposición”. En contraste, exponer en la calle presenta obstáculos. “Aquí ven el cuadro y ven la banqueta, la basura, un perro que se acerca… la verdad sí está triste”, lamenta.
A pesar de ello, cada fin de semana vuelve al Andador Juárez junto con otros pintores, convencido de que el arte debe ocupar el espacio público. Para él, crear no es solo un trabajo, sino una forma de vida. “El dibujo es parte de mi vida. Si no estoy dibujando en físico, estoy dibujando en la cabeza, siempre”, dice. Explica que la pintura le permite expresarse de una manera que el lenguaje no siempre le concede. “El español es corto, no me deja expresarme. Las artes te dan ese espacio, un espacio que no es físico”.
Incluso cuando no pinta directamente del entorno, su imaginación es suficiente. “Nosotros podemos hacer una película dentro de la cabeza, mover el escenario, ver la luz, la sombra”, afirma. Porque para Roberto Gómez, el arte no se apaga cuando guarda los pinceles: simplemente sigue dibujándose, aunque nadie lo vea.