Morelia, Michoacán – Félix Madrigal/ACG
En medio del bullicio de una feria, entre música, voces que se cruzan y el ir y venir de la gente, José Jorge Rodríguez Maciel sostiene su historia como si aún cargara aquella vieja cámara alemana Retinette que le cambió la vida. Tiene 77 años y más de seis décadas detrás del lente, aunque su camino en la fotografía no comenzó por vocación, sino por accidente.
“Yo nunca había agarrado una cámara”, dice con una sonrisa ligera, como si aún le sorprendiera el destino que lo alcanzó en Morelia tras abandonar otros trabajos y encontrarse, casi por casualidad, con un amigo que lo introdujo al oficio.
Desde entonces, su vida se volvió itinerante. No le gustó nunca quedarse quieto esperando clientes, prefería buscarlos. Así nació su andar como fotógrafo ambulante, recorriendo calles, fiestas patronales y rincones del centro del país.
Michoacán, Guanajuato y algunas escapadas a ciudades como Guadalajara fueron parte de su ruta constante. En su memoria habitan los tiempos del rollo, del “magacín” cargado a mano y de las imágenes que había que revelar con paciencia, cuando la fotografía era también un acto artesanal.
José Jorge no solo capturó rostros, también fue testigo del movimiento de la vida popular: ferias, celebraciones, encuentros. Con el tiempo, diversificó su trabajo. Aprendió a vender “sorpresas”, pequeñas rifas que encontró en el oficio de un amigo, y que terminaron por convertirse en una fuente importante de ingresos, sobre todo en lugares como Huetamo.
Ahí, recuerda, las noches podían dejar ganancias inesperadas, mientras su esposa, su compañera de ruta, incluso lograba vender más que él.
Hoy, el cuerpo le impone pausas. La falta de cartílago le dificulta tareas simples, y ya no puede desplazarse como antes. Aun así, no ha soltado del todo la cámara. Sigue trabajando cuando hay oportunidad, especialmente en eventos como graduaciones en espacios emblemáticos como el Teatro Morelos, donde forma parte de un grupo de fotógrafos que se turnan para cubrir celebraciones. Es ahí donde, de vez en cuando, vuelve a encontrarse con lo que siempre fue su oficio: capturar momentos.
Entre risas, anécdotas y una humildad que atraviesa cada palabra, José Jorge se define simplemente como “fotógrafo de Morelia”. Pero su historia va más allá de una profesión: es la crónica de alguien que hizo del camino su estudio, de la calle su galería y del azar, su mejor maestro.